Una virgen consagrada a los dioses es tomada por la fuerza en el templo. ¿Qué hay detrás de ese sacrilegio? Un poderoso general desafía al Estado con la profanación: en un mundo devastado por la guerra, el acto se lee como soberanía militar, como dominio sobre lo divino.
Tras ser ultrajada, Evialet se convierte en chivo expiatorio. Vive en la marginación y cubre su rostro con velos negros. Cobija a una niña abandonada que no habla ninguna lengua conocida. Algunos juran que conversa con los espíritus y que es un oráculo viviente.
Cuando el amparo de la sacerdotisa se rompe, la niña cae bajo la tutela de una ermitaña que la adiestra en un arte proscrito: el canibalismo místico, beber la fuerza vital para despertar la clarividencia.
Mientras las murallas tiemblan bajo el asedio y las ciudades del Este caen, el general perfecciona su maquinaria de conquista. Ignora que, en las cumbres olvidadas, se gestan una mirada que descifra sus movimientos y un poder que amenaza el nacimiento de su imperio.
Inspirada en el mundo antiguo, Fuego del Ocaso muestra la guerra como un sistema de brutalidad convertida en procedimiento: un «horror preciso» que deshumaniza a quien lo ejerce y a quien lo sufre.








